Saber decir adios
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Algo dentro de mi se ha roto tras su partida. Nunca llegas hacerte a la idea de que un animal, un compañero de niñez, un gran amigo se iria, como nos vamos todos de este mundo alguna vez.
El dia que se fué yo mi fuí a clase cuando todavia estaba en casa, pero al volver habia desaparecido. Lo busqué por casa y llamé a mi padre deseando que no confirmara mis sospechas. Pero cuando encontré la cadena de pasear en un mueble y cuando mi padre me llamó la cruda realidad se hizo presente.
Se durmió y se fue. No pude llorar, la ansiedad y la depresión me impidieron poder expresar emocionabilidad alguna y poder descargar la bola que en el pecho se me habia formado.
Queria llorar de tristeza por su muerte, queria limpiar mi angustia y que quedara el gozo de poder haber estado esos 15 años con él. Pero, en cambio, he pasado todo el fin de semana angustiada y una bola más de carga se ha añadido con las demás que he de arrastrar para salir del túnel oscuro.
Hay gente que el dolor de una pérdida es tan grande que desea no haber conocido el ser pérdido. Pero yo no, no me arrepiento y no quiero olvidarme de él, pero tampoco quiero que este dolor empeore la situación en la que estoy porque tengo miedo de no saber superarlo.
Os lo juro, ha sido el mejor perro del mundo, el compañero de niñez, un gran amigo.

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